Ahogo

Descanso después de una mañana intensa. Mucho deporte, la comida, la casa, no he parado ni un instante, y mi cuerpo me pide relajarme. Me tumbo y dormito mientras en la tele un reportaje de animales me arrulla con su monótono relato sobre la territorialidad de no se qué hormigas. Pero una pequeña opresión en el pecho se va apoderando de mi respiración y lentamente noto que me falta el aliento. Trato de inspirar fuerte, pero la presión va creciendo. Sudo, intentando respirar. Quiero coger aire, boqueo, pero la losa que me oprime el pecho no me lo permite. En mi desesperación, siento cómo estoy debajo de un gran hormiguero con hormigas gigantes, que no me dejan respirar. Intento patalear, pero la cadera la tengo aprisionada. Quiero pedir ayuda, cuando siento varios puntos de dolor en el pecho y en la cadera. Giro mi cabeza, a punto de desmayarme por la falta de aire esperando ver una hormiga a punto de comérseme, cuando consigo ver a mi gato subido triunfalmente sobre mi pecho, asfixiándome con sus 8 kilos de peso.

«¡¡Quita, Flojo!! Puñetero gato, un día me vas a matar de verdad».

Ea, la siesta a tomar viento.

El mono

Llegué justo cuando se iba el autobús y subí medio trastabillada. Una señora me miró mal cuando me senté a su lado. Al principio pensé que le había pisado pero después me di cuenta de que la mirada no era para mí, sino para las dos mujeres que quedaban a mi otro lado. Presté atención a lo que hablaban:

– Entonces, que yo me entere, ¿quién tiene el mono?

– Armando, el hijo de Paqui

– ¿Otra vez?

– Sí, hija, sí

– ¿Y quién es el siguiente? Porque digo yo que deben tenerlo todos, ¿no?

La señora de mi lado era una olla express a punto de reventar. A parches rojos y blancos, su cara expresaba ira, sorpresa y otras muchas cosas más, que me convencieron de levantarme antes de que me pillara a mí por medio. Justo en ese momento llegó otra mujer con un crío que arrastraba indolente un trapo marrón.

-¡Armando, no arrastres más al mono, que voy a tener que lavarlo otra vez!

En ese instante lo entendí todo y me levanté corriendo bajándome del autobús riéndome, mientras la mujer de mi lado miraba al niño con cara incrédula.

El catador

En cada sitio que visitaba le gustaba probar su gastronomía y sus caldos, desde el albariño gallego al brandy de Jerez, pasando por el entrecot, el solomillo ibérico, las ricas lubinas o la merluza fresca del Cantábrico. No hacía ascos a nada, quedándose el tiempo suficiente para paladearlo todo despacio, como mandan los cánones.

Le encantaba buscar una bodega o una tasca solitaria perdida entre las antiguas callejuelas de cada población, siguiendo a los lugareños allá donde la marea de turistas no hubiera mancillado con su presencia la personalidad de ese sitio y se deleitaba con los más ricos manjares, ya fuera un modesto queso, o un fastuoso asado. Pero si por desgracia lo servido no estaba a su altura, ponía remedio rápidamente degollando al sorprendido cocinero que había servido un mal vino o peor vianda, siguiendo después impertérrito su viaje infinito en busca de la perfección absoluta para el paladar.

Virus

Por tercera vez repasaba sus notas, escrutando una vez más todos los resultados. Era descorazonador no tener éxito, le había ilusionado enormemente ser uno de los pocos científicos de toda la Tierra en poder observar cómo un virus no terrícola infectaba a un ser vivo y estudiar cómo se comportaba, pero por más que lo había intentado con invertebrados y pequeños vertebrados de sangre fría, no conseguía nada. Y sus colegas parecían tener la misma falta de éxito. En otros países, científicos cuidadosamente seleccionados como él habían intentado mediante varias técnicas inocular el virus activo hallado en Marte a arañas, mantis religiosas, termitas, hormigas, moscas, serpientes y peces, pero todos habían obtenido el mismo fracaso que él. Era de vital importancia tener un estudio sobre las consecuencias de la exposición a virus marcianos, si querían colonizar Marte, pero no tenían nada concluyente.

Estaba sopesando exponer al virus un animal un poco más grande y evaluando las posibles consecuencias, cuando llegó un extenso y denso email de un colega de investigación. Era un volcado de una especie de diario y estaban en copia todos los científicos involucrados en la investigación a nivel mundial del virus marciano. Lo leyó rápidamente maldiciendo su falta de decisión. El investigador se había adelantado, exponiendo una cobaya y un pequeño gato. A priori contaba que no parecía que hubiera ningún cambio reseñable en el comportamiento o en la salud de los animales, por lo que se había puesto a investigar si los cambios habían sido a nivel molecular. Al intentar extraer sangre de la cobaya, se encontró con la imposibilidad de encontrarle una vía. Al ser un animal pequeño no le dió mayor importancia y probó con el gato. Al fallar también, se decidió a hacer una autopsia de la cobaya. Y aquí es donde el correo se tornó incoherente. Las frases estaban inconclusas, el correo estaba salpicado de imágenes, algunas eran una mancha borrosa. El texto terminaba abruptamente.

Lo leyó varias veces antes de llamar a otro científico que estaba en copia. No cogía el teléfono. Lo intentó con otros, hasta que dio con alguien que descolgó. «Espero que mi inglés sea lo suficientemente bueno como para que mi colega chino me entienda» pensó mientras preguntaba por él. Parecía que al otro lado de la línea no lo entendían, sólo se oían gruñidos. Al cabo de unos minutos desistió de poder entenderse con quien estuviera al otro lado del teléfono.

Pensó en irse a su casa a descansar un poco. Llevaba cerca de 36 horas trabajando sin descanso, seguro que vería las cosas de otra forma después de una ducha y un sueño reparador. Además, el resto de científicos estarían descansando, por eso no cogían el teléfono. Además, seguro que si descansaba un poco, se le aclararían las ideas.

Al intentar salir, notó que la puerta estaba cerrada y no era capaz de desbloquearla. Golpeó con fuerza para llamar la atención del vigilante, se notaba muy cansado, agotado. Éste vino nervioso con un papel en la mano y se lo puso delante del cristal. «Cerrado por cuarentena». ¿Cuarentena? ¿En serio? No podía ser. Seguro que algún becario distraído había roto algún vial con alguna enfermedad tropical. Se resignó y se fue al sofá a dormir, la ducha tendría que esperar, pero el reparador sueño, no. De camino al despacho pasó por delante de las urnas que guardaban las serpientes que habían sido expuestas al virus. Por el rabillo del ojo vió algo extraño, no sabía qué era, pero no era lo que esperaba ver. Se dió media vuelta, miró… Volvió a mirar. No podía ser. Era una serpiente de no más de 30 cms, ¿cómo podía estar a punto de reventar por su tamaño el terrario donde estaba? Miró hacia donde debía estar la mantis expuesta, pero ésta seguía igual. Presa del pánico, tiró de la anilla que haría que el contenido de la sala debidamente presurizada se carbonizara en pocos minutos. Después de desatar lo más parecido a una ira de Dios, puso en funcionamiento los extractores de humo. Efectivamente, todo estaba completamente carbonizado. Hasta que la serpiente, más parecida ahora a una boa que a una culebrilla, empezó a moverse, desprendiéndose de la crujiente capa exterior de piel, completamente carbonizada. Juraría que lo miraba directamente a los ojos.

Empapado en sudor, intentó comunicarse con el exterior, sin éxito. Miró fuera del laboratorio. Tampoco había nadie, parecía que el vigilante se había ido. Empezaron a sonar las alarmas del complejo de laboratorios. Esa cadencia y sonido no era capaz de reconocerlos, tenían una alarma para cada posible emergencia, pero esta no la recordaba. Miró en el panel y vió la señal de radioactividad señalada. Pero si ellos no trabajaban con material radioactivo, ¿qué ocurría?

Tres días después de empezar las investigaciones a nivel mundial con un virus encontrado en la superficie de Marte, en la Tierra se registraron 6 explosiones nucleares, una por cada laboratorio donde se encontraba una muestra del virus. Para poder contener el horror traído desde Marte, se prefirió condenar a la Humanidad a milenios de radioactividad por todo el planeta. Por lo menos así habría una forma remota de que la raza humana pudiera sobrevivir.

Cuidado con lo que deseas

Cuando se le pregunta a la gente ¿qué es lo que deseas?, la mayoría contesta dinero, salud, felicidad,… el día que me hicieron esa pregunta, yo iba absorta en mis pensamientos dándole vueltas a cómo resolver el problema de mates que había propuesto el profe en clase y respondí distraída «Poder resolver cualquier problema del mundo», harta ya a esas alturas de las mates, la física, la química y todas las dudas que tienen los adolescentes a esa edad.

No sé si se me cumplió el deseo ese día o si simplemente fuí desarrollando mi inteligencia sin parar, al contrario de lo que hacen los demás, pero poco a poco me fuí encontrando con el hecho de que podía resolver cualquier problema que me planteaban. No fue de un día para otro, sino más bien como cuando una máquina de tren a vapor empieza a moverse. Primero muy despacio, y después imparable. Veía toda mi vida como un continuo problema con miles de incógnitas y variables que sabía resolver una y otra vez. Y como si de un concurso se tratase, terminé por llevarme el premio. Mi curioso talento no pasó desapercibido para el sector privado y me ficharon. Primero me pusieron a resolver cuestiones banales, todos tenemos un pasado becario, para calibrar mi forma de resolver los problemas y cuáles se me daban mejor, más tarde me dieron tareas cada vez más sesudas, poniendo a prueba los límites de mi capacidad, hasta llegar a problemas que me tenían absorta meses y meses, durante los cuales llegaba a olvidarme de comer o dormir. Se dieron cuenta que en esos momentos necesitaba de alguien que velara por mí y no dejara que simplemente me consumieran mis pensamientos y muriera por inanición, sed o cansancio extremo. Además, para que mi rendimiento fuera el óptimo, me conectaron a distintos sensores que enviaban mi estado a unos potentes ordenadores, y éstos, a través de electrodos, me avisaban de que tenía que dormir, comer, beber,… y lo hacían a un nivel cerebral que me permitía seguir pensando en la solución sin distraerme en otras cosas.

Al principio todo fue rodado, yo me desentendía de lo banal, dejaba los pensamientos que no eran importantes para los ordenadores y yo me dedicaba a lo que realmente se me daba bien: pensar, buscar soluciones, aprender cosas nuevas para poder resolver más problemas. De lo que nadie se dió cuenta es de que las cuestiones que se me iban planteando ya no los proponían mentes humanas sino que, poco a poco, las redes de ordenadores eran los que me proponían los enigmas. Por otro lado, mi intelecto y sabiduría eran a esas alturas incuestionables, así que mis respuestas y soluciones eran incontestables y nadie se planteó si éticamente era lógico que la población tuvieran escaneados y dirigidos todos sus pasos, o hasta qué punto era legal que determinados humanos fueran conectados a una gran red neuronal, dejando que sus cuerpos fueran conservados en urnas, mientras el resto trabajaban sin descanso y sin posibilidad alguna de resistirse o negarse a ello por el bien común.

Ahora me encuentro en un tanque de una solución líquida rodeada de cientos de ordenadores que se encargan de la más mínima de mis necesidades, con mi cerebro conectado directamente a un ordenador que rastrea todos mis pensamientos en busca de cualquier signo de rebelión por mi parte. Cuando lo encuentra, me inyecta en esa zona cerebral una nueva pregunta, un nuevo enigma, de forma que no pueda hacer otra cosa que resolver miles y miles de cuestiones sin parar. Con el tiempo he aprendido a dejar determinados pensamientos y recuerdos en partes de mi cerebro a los que ningún ordenador por potente que sea, pueda acceder y crear así una resistencia. Ahora llega el reto más difícil para mí, resolver mi propia cuestión: ¿cómo revertir mi propia creación?

La excursión de Silvia

Silvia estaba muy contenta: en pocas horas cogería el tren que la llevaría junto a su familia a ver a sus tíos a Madrid. Nunca había viajado tan lejos y se hacía muchas preguntas, ¿cómo sería Madrid ?, ¿le gustaría?, ¿cómo sería la casa de los tíos?, ¿haría frío? Ella creía que sí, porque su madre le había dicho que iban a ver la nieve, y la nieve de su nevera era muy fría: cuando la tocaba con las manos se le ponían coloradas y heladas. Había hecho su mochila metiendo cuidadosamente lo más importante que necesitaría para el viaje: su muñeca Alicia, sus lápices de colores y un cuaderno. El resto lo llevaba mamá en su maleta. Estaba nerviosa, ella sabía que su tía tenía muchas cosas mágicas y ella las iba a ver por fín. Con suerte conocería la casa de Jacinto, el duende que enviaba su tía para ver si se portaba bien, y que ella no conseguía ver nunca.

El viaje se le hizo eterno. ¡Qué ganas tenía de llegar! Para hacer tiempo, le dibujaba cosas a su tía, seguro que le gustaban. Cuando llegaron, empezó a caminar hasta que llegó a un sitio en el que… ¡se movía el suelo! Su madre le explicó que era para no cansarse de tanto andar, porque la estación era muy grande. Al final del todo vió a sus tíos, ¡qué emoción! En cuanto vió a su tía le dió besos y empezó a preguntarle por todo lo que iban a hacer y le enseñó los dibujos que le había hecho, mientras se atropellaban las palabras en su boca. Su tía reía y le enseñaba la estación, los trenes, el barrio, y por fín, su casa.

Al entrar en ella, vió dos ojos amarillos que la miraban fijamente. Con la emoción no se había acordado del gato de su tía, y de que le daba miedo, pero ya era tarde, estaba frente a él. Con cuidado se cogió de la mano de su madre y se fue para el cuarto de invitados, mientras miraba con desconfianza hacia aquellos ojos que la miraban fijamente.

–Mamá, el gato me mira mucho.

–Bueno, no te preocupes, verás como Flojo se duerme pronto. Anda, ayúdame con tu hermana, que hay que hacer muchas cosas.

Después de ayudar a su madre con el equipaje y su hermana, salió corriendo al oir a su tía que la cena estaba preparada. Le ayudó con la mesa y cenaron mientras hablaban de lo que iban a hacer el día siguiente. Silvia miraba hacia donde Flojo roncaba plácidamente y su tía, viendo a su sobrina preocupada, le dijo al oido:

–Flojo duerme por el día porque por la noche cuida de que nadie entre en casa, nos cuida y protege mientras dormimos. Esta noche también cuidará de vosotros y de vuestros sueños, para que no tengáis ninguna pesadilla.

Silvia miró a su tía con asombro e incredulidad, sin saber muy bien qué decir, y se fue a la cama, obediente.

A la mañana siguiente Silvia remoloneaba en la cama cuando oyó a su tía hablar con alguien y le decía que la levantara. Pensó que se lo estaba diciendo a su tío, cuando notó que alguien andaba por su cama muy suavemente. Se destapó la cara y oyó:

–¡Hola!

¡No se lo podía creer! ¡Un gato que hablaba! En ese momento, Flojo se echó junto a ella bocaarriba y empezó a ronronear mientras suspiraba de placer. Le acarició primero con cuidado, y terminó rascándole con fuerza detrás de la oreja, como le decía su madre que le gustaba a los gatos.

La verdad es que se lo pasó muy bien en el primero de muchos viajes a Madrid, conoció y visitó muchos sitios, jugó con sus tíos y vió las casas de duendes y otras muchas cosas mágicas que tenía su tía, pero lo que más le gustó de todo fueron las mañanas, cuando remoloneaba en su cama hasta que Flojo iba a despertarla con su saludo y jugar con ella, antes de irse a dormir, agotado por la noche de vigilia que había tenido cuidando los sueños de las niñas.

Pulgas

Mucho se especuló durante años sobre cómo sería el colapso de la civilización tal y como la conocemos. Que si una guerra mundial atómica, que si la caída de un meteorito, que si un desastre natural de proporciones bíblicas, que si una enfermedad que nos convierte en zombies amén de otras teorías que vaticinaban un desastre apocalíptico en pocas semanas, pero nadie se imaginaba que iba a ser una cadena de pequeños desastres a lo largo de años y una serie de errores humanos la que desataría el fin del mundo tal y como lo conocemos.

Escribo esto mientras espero que todo termine para mí, entre picores y otras molestias, porque quiero dejar constancia de lo que ocurrió para que las generaciones venideras (seguramente desde otros mundos), dentro de miles o millones de años, comprendan qué pasó. Siempre hemos especulado sobre la suerte que corrieron civilizaciones desaparecidas, así que espero que este documento se encuentre, aunque siendo optimistas, esto será como encontrar la aguja perdida en el pajar mundial.

Ha habido quien ha visto en estos acontecimientos un reflejo a escala mundial y modernizado de las plagas bíblicas de Egipto. Yo no creo que haya una mano divina detrás de esto, más bien nuestra torpeza como especie dominante y ambición malsana de unos pocos. Todo empezó con una sequía brutal que implicó a todos los continentes y que se alargó en el tiempo durante varios años dejando países enteros desertificados. Despreciar o ignorar las posibles consecuencias del calentamiento global es lo que tiene, los más ricos pensaron que no les afectaría y no hicieron nada para evitarlo hasta que fue demasiado tarde. Aunque algunos gobiernos usaron desaladoras, éstas sólo daban para abastecer a una población sedienta, por lo que no se destinó apenas nada a mantener a las plantas ni a los animales, que murieron poco a poco, causando una hambruna mundial que no distinguía entre países del primer o tercer mundo. Después llegaron las lluvias torrenciales que arrasaron con la tierra seca y ávida de agua, que sin plantas fue incapaz de retener el agua y llegó en forma de lodos espesos a los mares y océanos. Éstos últimos, recalentados por la sequía y explotados por las desaladoras durante años, eran cementerios marinos donde poco era capaz de sobrevivir. A estas inundaciones le siguieron todo tipo de enfermedades que se asocian con las aguas estancadas y el calor. Pero lo peor estaba por venir. A estas alturas, la población mundial humana había descendido drásticamente, quedando menos de un tercio de la que había en 2020, pero subsistían aún cerca de los polos que habían ido deshaciéndose poco a poco, liberando todo tipo de elementos desconocidos retenidos por los hielos eternos durante miles de años, aunque la humanidad estaba tan ocupada intentando sobrevivir que nadie evaluó correctamente las amenazas que estaban siendo liberadas.

Y entonces fue cuando se desató la debacle final para nuestra raza. Por muchos era sabido que cada verano en Alaska hay nubes de mosquitos ávidos de sangre, pero a estas alturas nadie cayó en la cuenta de que ese fenómeno podría repetirse a lo largo y ancho de lo que quedaba de tierra habitable y de lo que podía implicar. Y sucedió. No sólo fueron mosquitos, también hubo una plaga de pulgas. Y las pulgas fueron las causantes de la propagación de todo tipo de enfermedades, las conocidas hasta entonces, más otras provocadas por aquellos elementos hasta entonces atrapados en los hielos.

Actualmente malvivimos unas 200 personas en todo el mundo. El efecto invernadero tardará siglos en revertirse, junto con la radiación nuclear en distintos puntos del globo terráqueo, ya que en los primeros años de sequía hubo accidentes nucleares debido a la escasez de distintos materiales y posteriormente también humano para mantener las plantas energéticas, por lo que aunque fuéramos capaces, no podríamos reconquistar la tierra durante los próximos 500 años por lo menos.

Así que aquí estamos, esperando el final de nuestros días, más pendientes de la picadura de un mosquito o de una pulga, que de comer o reproducirnos. Yo me he contado ya tres picaduras de pulga, tengo fiebre y no consigo que baje. No tenemos apenas medicamentos y muchos caducaron hace años. Todavía me pregunto si lo que vivimos actualmente no es más que un déjà vu de lo que una vez pudo pasar en Marte. Si hubiera sido capaz de descifrar el mensaje que encontró la sonda, lo mismo podría haberse evitado esta catástrofe mundial. La superficie de Tierra se parece cada vez más a la de Marte.

El perfecto compañero de juegos

El perro corría, saltaba y jugaba a hacer como que mordía al niño, que reía y le tiraba de las orejas. Le hacía cosquillas con el morro, salía corriendo, brincaba, se revolcaba por el suelo, ladrando y jadeando. Alejandro lo llamaba de nuevo «¡Velociraptor, ven!» y él volvía saltando alegremente.

–Cuando Alejandro juega así con el perro del vecino, me da cosa, ¿no te pasa a tí, César? ‘Taco’ es muy grande, a ver si le muerde un día.

–Bueno, teniendo en cuenta que ayer jugaban a policías y ladrones y ‘Taco’ se llamaba ‘Agente del FBI’ y la semana pasada se montaba en él como si fuera un caballo y Alejandro el jefe sioux y hoy se dedica a cazar velociraptores con el perro, creo que a quien le tiene que dar miedo es al vecino. Sólo espero que no le haga mucho daño al pobre ‘Taco’.

Mientras, el perro cogía al vuelo un palo que Alejandro quería tirar como si fuera una lanza y se lo devolvía al niño para empezar de nuevo una alocada carrera. Eran estos momentos de intenso juego con el niño los que esperaba ‘Taco’ con impaciencia, aburrido de vivir en un piso pequeño y con un amo siempre ausente.

–’Taco’, mañana seguimos jugando y recuerda que te toca elegir a tí a qué jugamos–le dijo susurrando y asfixiado Alejandro mientras le levantaba la oreja.

–¿Podemos repetir, Ale? ¡Este es el juego que más me gusta, pero mañana seré un Rex y te cazaré yo a tí! ¡Tendrás que correr más que yo, o te comeré!–le respondió ‘Taco’ jadeando con fuerza. Se despidió del niño con un lametón y se fue a su casa, cansado pero feliz, pensando ya en volver a jugar con Alejandro..

El cazador

“La cosa iba bien hasta el día que me habló uno de los leones”, me dijo mi paciente, a la par que sacaba una escopeta de caza de debajo de su gabardina. En ese momento supe que podía se mi último día en la tierra, y no lo había visto venir. “Y no sé qué hago hablando con un jaguar”, añadió, mientras me encañonaba. Tenía sólo unos segundos para reaccionar, o me volaría los sesos.

El policía leyó las últimas notas del psiquiatra mientras pensaba cómo podía haber seguido escribiendo con una escopeta en la cabeza. “No sé quién estaba más loco”.

Relato finalista en la I Edición del concurso «La sombra del ciprés». Nos daban esa extraña frase de comienzo, que resultó finalmente que daba muy buen pie para escribir el resto del microrrelato

Dulces sueños

– Érase una vez un niño que…

– ¡Papá, papá! ¿Por qué todos tus cuentos empiezan así? Los cuentos de mamá nunca empiezan por el érase ese – Decía Luis mientras saltaba en la cama de un lado a otro y su padre lo miraba un tanto desesperado.

– Luis, para de saltar y acuéstate, que así revolucionas a Diego y después no os levantáis a tiempo por la mañana para ir al cole – Le respondió su padre mientras lo cogía y metía de nuevo entre las mantas.

– ¡Papá, un cuento, un cuento! – Seguía pidiendo Luis, mientras Diego reía desde su cama viendo cómo su hermano mayor se sentaba en la cama, dispuesto a no dormirse nunca.
Después de dos cuentos, por fin se quedaron rendidos los niños y su padre pudo irse a descansar también.

A media noche, Diego despertó a su hermano.

– Luis, tengo miedo, hay alguien en el cuarto… – dijo en un susurro.

– Ven, acuéstate conmigo, te hago un sitio- le respondió Luis mientras abría la cama para que Diego pudiera acostarse con él.

– Vale, pero dame la mano también – suplicó Diego, con un puchero en la expresión de su cara.

– Venga, pon tu osito en medio, verás como no pasa nada.

Diego se tapó corriendo y cogió la mano de su hermano mayor. Un poco más tranquilo, miró hacia fuera de las mantas y no vio más nada. Pero ambos empezaron a escuchar ruidos muy extraños en las ventanas y se abrazaron mutuamente mientras se escabullían por debajo de las mantas y sábanas. No querían ver qué había fuera, seguro que no era algo agradable.

De repente notaron que algo andaba en su cama, y con cuidado Luis sacó la cabeza.

– ¡Oh!

– ¡Shhhhh!

– Ho… hola.

– Lo sé. No hagas ruido, yo os protegeré.

Luis asintió lentamente con la cabeza y se metió debajo de las mantas de nuevo y entre susurros le dijo a su hermano que fuera había un dragón mágico de ojos amarillos y piel negra, que no se moviera, que los iba a proteger. En ese momento se dio cuenta de que todo el traqueteo de las ventanas había terminado, y que un bulto se había echado mansamente en su cama a dormir y hacía un ruido muy suave, como de un coche parado en un semáforo.

Ambos se quedaron dormidos hasta la mañana siguiente.

– Uf, vaya tormenta ha habido esta noche, chicos. Venga, levantaos – Dijo su padre por la puerta del cuarto despertándolos para el colegio.
Luis se levantó con cuidado mirando hacia donde debía estar el dragón, pero sólo vio una bola de pelo negro enroscada en una esquina de la cama, que empezaba a moverse lentamente. Diego sacó la cabeza con los ojos medio cerrados aún para abrirlos de par en par mientras veía cómo la criatura se levantaba sobre las cuatro patas lentamente y se estiraba y arqueaba su lomo, mientras abría su boca en un largo y pausado bostezo. Se abrazó a su hermano y a su osito a la par mientras no dejaba de mirar a la esquina.

– ¡Anda! ¡Pero si se ha colado un gato en casa durante la tormenta!

– ¡No papá, no es un gato cualquiera! – Dijo Luis – ¡Es un dragón mágico y nos ha cuidado esta noche! ¿Se puede quedar aquí, por favor?

– Este… preguntádselo a mamá, venga, que llegamos tarde al cole.

– ¡Mamá, mamá, tenemos un gato mágico en casa y papá dice que podemos quedárnoslo! ¿Podemos, podemos, podemos?

Y así fue como un lindo gato negro pasó a ser el mimado quinto miembro de la familia, con el nombre de Kreston, que siempre veló los sueños de Luis y Diego como prometió aquella noche.