Hospital de palabras

A Paula le gustaba cómo sonaban las palabras. Cuando escuchaba una nueva, la repetía despacito hasta que se había recreado con cada sílaba. Cada palabra que aprendía nueva la repetía una y otra vez hasta que la pronunciaba correctamente. A veces no entendía qué significaba la nueva palabra que había aprendido, pero su madre le ayudaba y se la explicaba pacientemente.
Cuando Paula aprendió a leer, lo hacía muy despacio, con cuidado, porque decía que si no, las palabras se podían romper.

– ¡Mamá, enséñame a escribir, que quiero arreglar las palabras!.

Su madre se reía con ella y le enseñaba a escribirlas con lápices de colores

– ¡Qué bonitas son las palabras, mamá! ¡Qué bien suenan!

Con el tiempo, Paula supo escribir sola y su madre le regaló un cuaderno sin usar para sus palabras nuevas.

– Toma Paula, un cuaderno nuevo para tus palabras nuevas. Pon las más bonitas para no olvidarlas.

Y Paula empezó a escribirlas. Cada palabra ocupaba una hoja.

– Mamá, dame el lápiz verde, que voy a escribir una palabra verde.

– Mamá, dame el lápiz rojo, que esta palabra es roja.

Y la madre reía y le buscaba los lápices de colores para que escribiera esas palabras que iba aprendiendo.

Un día que Paula estaba en el colegio, su madre encontró el cuaderno de palabras nuevas que le había regalado. La niña había hecho una portada en la que se podía leer “Hospital de palabras” con una letra muy cuidada y una cruz roja grande. Con una sonrisa y un pellizco de ternura abrió con mucho cuidado el cuaderno, como si fuera a romperse en cualquier momento. En sus páginas pudo ver cómo Paula iba escribiendo las palabras que iba oyendo. Primero las escribía como le habían sonado y después iba escribiéndolas de nuevo hasta que las escribía bien. Además, en muchas de ellas, hacía un dibujo al lado a modo de explicación de lo que significaba esa palabra.

“Pero, ¿cómo sabe Paula que está bien escrita?” se preguntó la madre, a la par que se daba cuenta de que desde que le dio el cuaderno nuevo ya no le preguntaba cómo se escribía ninguna palabra.

Dejó con mucho cuidado la libreta tal y como la había encontrado y se propuso saber cómo lo hacía para escribirlas bien, sin ninguna falta de ortografía.

Cuando Paula volvió del colegio, fue directamente a coger su “Hospital de palabras”. Su madre la observó discretamente sin que la niña se diera cuenta, y así oyó que hablaba sola:

-Ha-sen-so. No, no, me he equivocado. A-cen-sor. ¿Cómo?, ah, vale, as-cen-sor. Ascensor ¿Así está bien?. ¡Bien!

“¿Con quién hablará, quién le dirá cómo debe escribir correctamente la palabra? Tengo que preguntárselo”, pensó la madre.

– Paula, ¿con quién hablabas?

Paula la miró fijamente y pareció sopesar la respuesta.

– Con el médico de las palabras, mami.

– ¡Ah!, ¿y qué te dice el médico? – Preguntó la madre imitando un tono tan serio como hablaba Paula.

– ¿Qué me va a decir, mamá? Pues cómo se escribe y se pronuncia bien la palabra. Y también me explica qué es si no la entiendo.

Entonces la madre se fijó dónde señalaba la niña y vió a un pequeñísimo duende justo al lado del cuaderno. Y recordó en ese momento a Justino, su duende de las palabras, que también le enseñó a ella a escribir aquellas que no le salían con mucha paciencia y cariño.

El espejo

La niña, sentada, miraba muy atenta a un espejo antiguo de cuerpo entero que no pegaba con el resto de muebles de la habitación de invitados. Sonreía a la par que asentía alegre y le mostraba su muñeca de trapo al lustroso espejo. Le hablaba a ésta bajito al oído, contándole sus secretos mientras la acunaba y besaba con mucho cariño.

Saioa le contaba a su muñeca que su hada madrina era aquella señora mayor que estaba enfrente de ellas mientras le narraba historias y le mostraba lo que tenía detrás de ella. Unicornios, enanos, elfos, duendes, todos revoloteaban a su alrededor jugando entre ellos y haciéndole bromas a la chiquilla, que reía sin cesar.

Su padre la miró y sonrió. Él también recordaba ese mundo de fantasía que mostraba el espejo cuando años atrás su abuela se lo mostró por primera vez. Desde entonces, no quería deshacerse del espejo, aunque ya no era capaz de ver a las extrañas criaturas que una vez le mostró.

El arte de la caza

El cazador acechaba a su presa pacientemente. Esperaba un momento de descuido por parte de ésta para saltar sobre ella. Era cuestión de tiempo que se distrajera con la comida y bajara la guardia, él podía esperar, el arte de la caza era algo que llevaba en la sangre.

“Esta vez no se me escapa, ya es mío”, expresaban claramente sus ojos de experto cazador. Relamiéndose, avanzó una pata sigilosamente, después la otra, se agazapó preparándose para el ataque.

– ¡Mira el gato! Es increíble, ya se ha vuelto a dormir, desde aquí oigo sus ronquidos. Menudo cazador tenemos, menos mal que no necesitamos que limpie la casa de alimañas –dijo la dueña mientras salía al patio a recogerlo, todavía grogui por la siesta que acababa de echarse.